Tijuana, BC — Entre las paredes del albergue Madre Assunta, en Tijuana, resuenan las voces y los silencios de mujeres que perdieron casi todo al ser deportadas de Estados Unidos. La mayoría son madres separadas de sus hijos durante los procesos migratorios. Hoy, desde este refugio temporal, intentan recomenzar su vida mientras buscan la manera de volver a reunirse con sus familias.
Para Camila, el teléfono celular se ha convertido en el único puente que la mantiene cerca de sus hijos. En su pantalla, las videollamadas y mensajes son la única forma de escuchar sus voces y ver sus rostros.
“Firmé mi deportación, me sentí obligada a firmar porque mi hija me decía: ‘Mamá, si tú no vienes me voy a quitar la vida. Tengo que cuidar a mi hermano de un año’”, dijo Camila.
Camila cruzó la frontera en 2018 solicitando asilo político. Tras años de espera, su petición fue negada y hace apenas dos semanas fue deportada a México, dejando atrás en Georgia a sus cinco hijos, de entre dos y 16 años de edad.
“He vivido lo peor que he podido pasar en mi vida. Lo primero fue separarme de mis hijos. Segundo, estuve detenida en Georgia, y muchas veces allí adentro quise quitarme la vida porque te gritan muy feo, te tratan muy mal”, comentó Camila.
De acuerdo con la Hermana Vitalina Petroviancci, directora del Instituto Madre Assunta, en el último mes ha aumentado considerablemente la llegada de mujeres deportadas.
“Las mamás que están llegando, para no decir 80 o 90 por ciento, son mamás que están siendo deportadas, y lamentablemente los niños se quedan en Estados Unidos. No son hijos grandes, son niños de dos, tres o cuatro años”, mencionó Petroviancci.
El albergue, administrado por religiosas, brinda techo, alimento y apoyo emocional a mujeres migrantes que viven la desesperanza de la separación familiar. En las últimas semanas, 12 nuevas madres han ingresado al refugio en condiciones similares.
Petroviancci explica que muchas de las mujeres llegan con traumas severos, ansiedad y pensamientos suicidas, resultado de la detención y la separación forzada de sus hijos.
“Vienen con un bagaje de depresión y una situación emocional muy elevada. Lo primero que hacemos es brindarles apoyo psicológico, más allá del apoyo en la alimentación o el vestuario”, acotó Petroviancci.
Dentro del albergue, las madres comparten tareas, participan en talleres y reciben orientación legal y espiritual. Pero el dolor de la distancia sigue siendo profundo: Cada historia está marcada por la pérdida y la incertidumbre.
Para muchas, hablar de futuro es imposible. Sus pensamientos giran únicamente en torno a la posibilidad de reunirse nuevamente con sus hijos. Mientras tanto, permanecen en Tijuana a la espera de ayuda humanitaria o una oportunidad para reanudar los trámites legales de reunificación.
El albergue Madre Assunta, fundado hace más de tres décadas, continúa siendo un espacio de contención y esperanza para las mujeres migrantes más vulnerables en la frontera norte de México.
Entre lágrimas, oraciones y llamadas telefónicas, estas madres no pierden la fe de volver a abrazar a sus hijos.


